Los demonios la perseguían. Ya no sabía de dónde provenían. ¿Serían suyos? No, no eran suyos... Eran las garras enfermas de un alma atormentada. Pero ella tenía la culpa, no sabía combatirlos. Una y otra vez, las garras volvían a acosarla. Y ella sucumbía al dolor y a la desesperación. ¡No, por favor! ¡Ya basta! ¡Ya basta! El llanto la devoraba.
Recordó aquella bonita historia. En ella los demonios eran ahuyentados por una fuerza mucho más poderosa. Pero ella no tenía esa fuerza. Nadie la protegía.
Se aferró al enésimo caballero andante. ¡Sálvame! Te lo ruego... Arrodillada, asía su mano como si fuera su tesoro más preciado. Los ojos cerrados, las lágrimas asomaban. Y cuando abrió los ojos, observó como la mano se convertía, lenta e inevitablemente, en la garra de sus terrores.
Su grito rompió la noche, despavorida. Pero nadie la oyó. Leer más...


