
Sentía el sabor del veneno deslizándose por su garganta. Amargo. Dañino. Sabía que la estaba matando poco a poco.
De sus letras ya no salían textos atrevidos, ni divertidos, ni provocadores. Ni palabras amables. Sólo ira. O tal vez tristeza. O tal vez, nada.
Las paredes la comprimían. No sólo ellas, su propio cuerpo. Su propio cuerpo la aprisionaba.
Se echó unas gotas más de veneno. Y siguió muriendo.
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