lunes, 17 de agosto de 2009

Demonios


Los demonios la perseguían. Ya no sabía de dónde provenían. ¿Serían suyos? No, no eran suyos... Eran las garras enfermas de un alma atormentada. Pero ella tenía la culpa, no sabía combatirlos. Una y otra vez, las garras volvían a acosarla. Y ella sucumbía al dolor y a la desesperación. ¡No, por favor! ¡Ya basta! ¡Ya basta! El llanto la devoraba.

Recordó aquella bonita historia. En ella los demonios eran ahuyentados por una fuerza mucho más poderosa. Pero ella no tenía esa fuerza. Nadie la protegía.

Se aferró al enésimo caballero andante. ¡Sálvame! Te lo ruego... Arrodillada, asía su mano como si fuera su tesoro más preciado. Los ojos cerrados, las lágrimas asomaban. Y cuando abrió los ojos, observó como la mano se convertía, lenta e inevitablemente, en la garra de sus terrores.

Su grito rompió la noche, despavorida. Pero nadie la
oyó.

3 comentarios:

  1. Cuanto tormento, cuantos demonios... Pareces guardar mucho dolor en tu interior... Ningun caballero andante termina no siendo un monstruo? La historia, lo creas o no, me suena cada vez mas...

    Besos.

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  2. Max, encanto... gracias por oir mi grito. Espero que no, que no todos los caballeros se conviertan en el mismo demonio.

    Muchos besos.

    a.

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  3. Los demonios son como los fantasmas, les arrancas la sábana y quedan desnudos, vulnerables, porque se alimentan de nuestros miedos.

    Besos, guapísima

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