viernes, 11 de diciembre de 2009

Ensayo sobre la ceguera*


La esclava estaba ciega. No era una ceguera blanca, sino una ceguera negra, oscura, profunda, insalvable.

No recordaba cuando dejó de ver. Tal vez fue aquel día que creyó ver con mayor claridad que nunca. Tal vez fue aquel en que el mundo se ensombreció y no era posible que nadie viera. Sin embargo, todos parecían seguir viendo, excepto ella.

Se suponía que debía ver. No sólo ver sino mirar, observar, escrutar, aprender. Se suponía que debía hacerlo, pero no lo hacía. Fingía. Fijaba la mirada sin ver, como hacen los que no escuchan bien y aun así asienten sin haber entendido.

Dejó de oir también. Sabía que estaban ahí, sabía que le hablaban, pero no veía, no escuchaba. Quería gritar. ¡No te oigo, no te veo! Ya apenas te siento... Pero no lo hizo.

Y pronto dejó de existir.



*El título y la inspiración son mi humilde homenaje a Saramago.

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