lunes, 11 de mayo de 2009

Azotada


No hacía mucho que se había entregado a él. Habían charlado mucho, largas horas, meses, años. Pero apenas hacía unas pocas horas que ella le había dicho, mirándole a los ojos, suplicante. Deseo ser tuya...

Sabía lo que eso significaba. Sabía que la haría sufrir, y disfrutar. Retorcerse de dolor, y de placer. Sabía que nada de lo que sintiera con él lo había experimentado antes. Que, de algún modo extraño, todo era distinto. Y, sin embargo, conocido a la vez. Cercano, presente, real.

No le había deseado con locura, como le había ocurrido en otras ocasiones, pero sí con fuerza. No con urgencia, pero sí con serenidad, con confianza. Con seguridad. Sencillamente, había sabido que sería suya, cuando él lo deseara.

Se encontraba en una habitación, amplia, desnuda, prácticamente sin mueble alguno. La luz era tenue pero no tanto como para que no pudiera observar lo que ocurría. Le veía ir de aquí para allá, colocando objetos e instrumentos que ni siquiera sabía que existían.

Estaba desnuda. Atada por las muñecas, juntas, con unas cuerdas blancas fijadas al techo a través de una anilla. El largo de las cuerdas era justo, apenas le llegaban los pies al suelo. Su libertad de movimientos, nula. El resto de su cuerpo, expuesto, desnudo, sin cuerdas, sin adornos. Sólo su piel, temblorosa ante lo que aún no sabía que le esperaba.



Su corazón latía con fuerza y se aceleraba cada vez que él se acercaba. Pero él no la miraba. Seguía con sus preparativos, aterradores e intrigantes a la vez.

Finalmente, se acercó a ella. La besó, dulcemente, en los labios. "Si después de esto, sigues deseando ser mía, te aceptaré". Ella tembló, sus palabras la petrificaron. Sus ojos azules, transparentes, le miraron interrogadores. Qué vas a hacerme... le decían.

No le vió coger la vara. De repente, un fuerte golpe descargó sobre su nalgas, desnudas. El dolor fue tan intenso, que no pudo reprimir un grito. Se mordió los labios, las lágrimas corrían por sus mejillas. Nunca había experimentado un dolor tan brutal, tan desgarrador.

Intentó volverse, buscar su mirada, pero antes de que pudiera hacerlo, un segundo golpe, más fuerte aún que el primero, rasgó sus piel, dejando una delgada marca escarlata. Aulló de dolor. Sollozó. Se mordió los labios, más fuerte aún. No quería suplicar, no quería dejarlo, ella era más fuerte que eso, no quería, no podía... decepcionarle.

Los azotes se intensificaron, más brutales cada vez. Sus gritos desgarraron el aire al tiempo que la vara desgarraba su piel, cada vez más ardiente. Tantas veces se sintió tentada de suplicar, tantas de pedirle que parara...

Sus labios sangraban. Apenas sentía ya el dolor. Su piel ardía. Se sentía exhausta, agotada, despedazada. Colgaba prácticamente de sus muñecas, pues sus pies ya no la sostenían. Y los golpes no cesaban.

Tras unos cuantos azotes -¿cuántos habían sido? ¿10, 20, 50?-, él se acercó a ella y la besó en los labios y en las mejillas, sorbiendo su sangre y sus lágrimas. Suavemente le desató las muñecas, sujetándola para que no se desplomara. Ella se sintió desfallecer, sus ojos se nublaron y cayó en sus brazos. Él la sostuvo y la llevó, en brazos, hasta la cama. Se tumbó a su lado y la abrazó. "Ya eres mía, pequeña".

Y ella, aún desvanecida, sonrió.

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